4 oct. 2020

Mi Camino

Todos los años esperamos con impaciencia las vacaciones e ir a un destino que nos ayude a evadirnos de nuestra rutina y a resetear para continuar con nuestras obligaciones. Este año, debido a las circunstancias que todos conocemos, la necesidad de elegir un viaje que me ayudara a hacer "borrón y cuenta nueva" era más relevante que nunca.

Las restricciones de los diferentes países, la incertidumbre sobre la aplicación de nuevas medidas y, sobre todo, la responsabilidad individual añadían dificultad a la elección.

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En un año extraño, con unas circunstancias excepcionales necesitaba un viaje diferente, esta vez no elegí un destino, elegí un camino, El Camino de Santiago.

Hace muchos años leí El Peregrino de Compostela de Paulo Coelho y aunque me cuesta recordar detalles del libro, sí que perdura la sensación que me dejó de que ese viaje iniciático tenía que hacerlo yo y desde entonces pasó a estar en mi lista, no de viajes a hacer, sino de cosas a hacer en la vida, porque al Camino de Santiago la palabra viaje se le queda pequeña.

Nunca antes encontré el momento de hacerlo, las circunstancias indicaban que había llegado la hora de  hacer el Camino.

La persona con la que quería hacerlo es mi compañera en el camino de la vida, en cuanto le comenté la idea, ella se mostró entusiasmada. Desde el primer momento me enfrenté a mis miedos, la distribución que hicimos de las etapas fue muy conservadora, no sabía si podíamos andar tantos kilómetros, durante tantos días seguidos cargando con el peso de nuestras mochilas, nunca habíamos hecho nada parecido.

El día que tomaba el tren para llegar al sitio donde empezaba mi camino dormí mal, como me pasa en las vísperas de todos los viajes, cuando me puse mis zapatillas de trekking, aún sin haber dado un par de pasos sentía molestias en los pies, no eran ampollas, eran los nervios, el miedo de enfrentarme a lo desconocido, un reto.

Empecé a caminar,  me notaba cosquilleo en las piernas pero ya no me molestaban los pies ni notaba el peso de la mochila, estaba en tensión, buscaba con inquietud las flechas amarillas que me confirmaran que iba por el camino correcto, el miedo seguía acompañándome.

En las siguientes jornadas los nervios se fueron desvaneciendo, disfruté mucho más el recorrido, contemplando los fantásticos paisajes sin prisa por llegar, parando a recoger moras silvestres que comíamos en las paradas. Fueron etapas en las que pasaban horas sin que nos cruzáramos con ninguna persona, gozando de cada paso, sintiendo la grandeza de la naturaleza y nosotros solos, en medio de esa belleza, conversamos, pensamos en nuestras cosas, hubo silencios pero nunca tan cómodos.

Entramos en Galicia y empezamos a compartir nuestro camino con otras personas, parecían normales pero no lo eran, en realidad nadie lo es, en cuanto las conoces un poquito notas que son especiales, vosotros enriquecisteis y de qué manera, nuestro camino, Xabi, Erne, Zoli, Beatriz, Marta, hubo otras personas anónimas que esporádicamente también nos ayudaron durante el recorrido, a alimentarnos, a alojarnos, a ir por el sendero correcto, a divertirnos, o a saber que había alguien más ahí, con sus miedos, haciendo su camino.

Nos notábamos con mucha fuerza, los pies no nos dolían y las mochilas no nos pesaban, me culpé de haber sido tan conservador en la planificación de las etapas y que la fecha de vuelta a mis obligaciones me impusiera acabar mi camino en Santiago de Compostela, impidiéndome ver la puesta del sol en Finisterre, el legendario fin del mundo.

La última etapa fue muy extraña, madrugamos bastante más que en las anteriores y anduvimos las primeras horas completamente de noche, solo nos iluminaba la escasa luz de la linterna del móvil, por el bosque, no veíamos la belleza de las jornadas anteriores pero sentíamos con mayor intensidad los ruidos y olores, era una sensación diferente, la oscuridad, lo desconocido, da miedo y también nos enfrentamos a él.

Ya de día, avistamos Santiago de Compostela desde el Monte de Gozo, sobresalían las torres de su catedral, la desazón se apoderó de mi cuerpo, veía la meta, nuestro destino, pero no quería que acabara el camino, todavía era demasiado pronto, quería disfrutarlo más, no era suficiente.

Llegué, como autómata, hasta la Plaza del Obradoiro, estábamos mudos, miré a mi compañera, nos fundimos en un abrazo, nos besamos, lo habíamos logrado. Satisfacción y tristeza por acabar el camino se fundieron también.

En nuestra modesta aventura habíamos superado el cansancio, las incomodidades, el sofocante calor pero por encima de todo, habíamos vencido nuestros miedos.

Pero acaso ¿la esencia del viaje no es enfrentarse a lo desconocido? ¿no es dejar a un lado nuestra zona de comfort para mirar cara a cara al miedo y retarle?

"No tengas miedo de estar asustado. Tener miedo es un signo de sentido común. Solamente los necios no le tienen miedo a nada." Carlos Ruiz Zafón

4 comentarios:

  1. Me ha gustado la forma de expresar las sensaciones que sentiste al realizar camino y me ha traído muchos recuerdos ya que hace unos años también lo hice y fue una experiencia muy enriquecedora a nivel personal. Saludos!!!

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    1. Me alegra que te haya gustado, el Camino de Santiago es una experiencia muy recomendable, gracias por pasarte y comentar, saludos viajeros.

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  2. Una elección de viaje perfecta para este año extraño. Muchas horas al aire libre y seguro que también, momentos de soledad.
    Todas las personas que conozco que han hecho el camino de Santiago, regresan encantadas de la experiencia.
    ¡Salud!

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    1. Entiendo que todas las personas regresen encantadas, porque aunque todas las personas somos diferente, cada uno hace su camino, a su manera y por eso, creo, que enriquece a quien lo hace. Muchas gracias por comentar, saludos viajeros.

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